sábado, 14 de marzo de 2009

.::El mar::. Jorge Luis Borges

Fotografía: Aryam Ladera. --Atardecer en Choroní-- 2009


El mar
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

Antes que el sueño (o el terror) tejiera
mitologías y cosmogonías,
antes que el tiempo se acuñara en días,
el mar, el siempre mar, ya estaba y era.

¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento
y antiguo ser que roe los pilares
de la tierra y es uno y muchos mares
y abismo y resplandor y azar y viento?

Quien lo mira lo ve por vez primera,
siempre. Con el asombro que las cosas
elementales dejan, las hermosas
tardes, la luna, el fuego de una hoguera.
¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día
ulterior que sucede a la agonía.

martes, 3 de marzo de 2009

.:: Otro Final Para Antígona ::. Por Juan Pablo Gómez

Forografía: Aryam Ladera --Antígona y el Mar--2007


Después de enterrar y llorar a su padre-hermano Edipo como es debido, Antígona emprende el solitario regreso a Tebas. Es un viaje recorrido a pie, con un ritmo parsimonioso y lleno de pasos rituales. Antígona prefiere la noche para el viaje, para el trayecto. Aprecia el silencio, el errar y la luz de la luna. Opta por descansar durante la luz solar, aprovechando cualquier muestra de hospitalidad de algún nativo que guste alojarla; aunque la mayoría de las veces tenga que descansar a la intemperie. Los pocos hombres que la vieron o le dieron acogida en sus hogares coinciden al describirla: era una mujer de una pasmosa y opresiva belleza, pero insoportablemente melancólica. Parecía posesa por el más allá, con el que mantenía estrechos vínculos, decían. Alguno pensó que era una hetaira y preguntó tarifas; otro la vio tan vulnerable y solitaria que se animó a forzarla para violarla, pero la sintió tan incólume, imperturbable y desprendida del momento, que abandonó sus intenciones y perdió el deseo: “con una mujer así, es mejor desistir” pensó. Alguna vieja asegura haberla visto en el camino nocturno realizar un oscuro y extraño ritual, en el que adoraba a deidades de extraños nombres y recitaba versos que había compuesto ella misma. Tiempo más tarde, todos supieron que aquella oscura y perturbada beldad era la hija del gran Edipo, y todos creyeron entonces comprenderla, incluso alguno llegó a afirmar que si le hubiese tocado a él semejante destino, estaría todavía peor que ella.

Una noche de luna llena, estando a escasos dos días de camino que la separaban de Tebas, tuvo una revelación: en una magnífica y vasta llanura, una luz fulgurante y de color púrpura formaba figuras en un cielo casi azulado de tanta luz nocturna. Eran dibujos, danzas, señales que alguna deidad le hacía. Un ser divino buscaba su atención y escogía esta forma para manifestarse. Parecía una especie de cortejo cósmico, pero nefasto a la vez. Antígona no comprendía qué o quién la llamaba, pero estaba segura de que se trataba de un llamado y su fuerte intuición le decía que se trataba de un llamado que provenía de un ámbito inferior, más que superior; de un ámbito en el que la soledad y la noche son bellas y entrañables, un ámbito en el que se desprecia la luz y la racionalidad. Seducida por esas formas de engañoso fulgor en la vastedad de la noche, sintió un fuerte viento que la abrazaba, y supo que era un abrazo femenino. Un abrazo divino, que incluía la ternura, las caricias, los susurros y el aroma de una mujer; pero mucho más intensos. Sólo un muerto podía sentir así, como ella sentía en ese momento. El viento la hizo flotar levemente, y mientras desprendía con sutileza sus hermosos pies del suelo, sintió que sus labios fueron rozados por otros labios. Fue un beso terrible, porque Antígona comprendió que ya no podría ser besada por nadie más; nadie más podría hacerla sentir así. En ese instante, supo también que quería estar muerta y, como la vieja Sibila de Cumas, rogó a estas fuerzas extrañas y seductoras que le arrancaran el alma: “quiero morir”, decía una y otra vez, mientras era poseída por esta fuerza de penumbra y luz morada. Cuando abrió los ojos, pudo contemplar el ser que la poseía. Era la imagen más extraordinariamente hermosa que había visto en toda su vida: “una diosa”, alcanzó a susurrar. “Eres la amante y esposa del Señor de los muertos, eres Perséfone, mi Perséfone, quiero que me lleves contigo”, llegó a decirle, cas con un impulso adolescente. La diosa silenciosa la contemplaba a ella, con cierto embeleso; lo más terrible es que ambas se sentían correspondidas, y parecían no querer estarlo. Ambas querían sufrir. Pero Antígona todavía deseaba el sufrimiento humano, mientras que para la diosa el sufrimiento no era más que un detalle estético, que realzaba la belleza de los mortales. “Llévame contigo”, insistió Antígona. La diosa le acariciaba los cabellos, y mientras erizaba toda su piel (y toda su alma), le preguntó al oído, con la voz más sutil y profunda que jamás había escuchado: “¿Comprendes lo que esto significa? ¿Sabes lo que implica amar y ser amada por la muerte?”…Antígona, después de un profundo silencio y mientras sentía las manos de la diosa a través de su cuerpo etéreo y flotante, dijo: “sí, acepto”. En ese instante Perséfone desapareció, y con ella todas las sensaciones, la luz morada y el viento. Antígona se desplomó, cayó dormida y tuvo un sueño profundo. Cuando la luz del sol la despertó a la mañana siguiente, se levantó para continuar el camino y llegar lo antes posible a Tebas. Bebió mucha agua de un pozo arenoso y mientras se lavaba el rostro, recordó haber soñado algo: Perséfone le había dicho en el sueño que sólo le restaba una cosa por hacer en este mundo, que enterrara a los suyos y luego se uniría con ella para siempre.

Llegó a Tebas y supo, primero por rumores y luego por la publicación del edicto real, que Polinices no debía ser honrado con los rituales funerarios. Su tío (y tío-abuelo) Creonte, el reciente rey, consideraba un sacrilegio para la polis ofrecer el debido entierro a un traidor a la patria. Pero Antígona, que quería especialmente a Polinices, entre otras cosas porque siempre le pareció el más atractivo y el único de los cuatro hermanos que tenía los ojos de su padre, vio la ocasión para el martirio deseado. Pensó: “Quiero enterrar a mi hermano y luego morir; Perséfone se refería a esto, ella vendrá a buscarme y me quedaré con ella para siempre”…El resto de la historia transcurre tal como Sófocles quiso representarla. Pero cuando Hemón llega a intentar rescatar a su prometida la encuentra todavía con vida. Ella, con el rostro contrariado, le pide que vayan juntos hasta el mar y él accede gustoso. Viajan durante todo el día hasta llegar a la costa en la noche; a ella el viaje se le hizo largo y pesado. En la playa arenosa, Antígona decide entregarse a él, con cierta frialdad y algo de rigor que él no puede notar. Hemón y Antígona se aman durante toda la noche, mientras las olas rompen y el sonido se pierde. En el último momento de la madrugada, Hemón, exhausto y jadeante todavía, dice: “esto debe ser lo que llaman la felicidad”. Antígona sonríe, con una sonrisa maternal y maliciosa a la vez, y le dice: “No, mi querido, Hemón, la felicidad está más allá de lo humano”. Hemón, extrañado con la frase, que cree habérsela escuchado a su madre Eurídice años antes, cae rendido y se duerme en seguida. Entonces Antígona se pone de pie y abre sus brazos, como suplicándole al cielo y solicitando al más allá. Lentamente y con una gran sonrisa dibujada en el rostro entra al mar, como novia llegando a la boda, hasta que su silueta se pierde confundiéndose con las olas. Nadie la volvió a ver nunca más.

Hemón se despertó extrañado al principio, y finalmente desesperado por no hallar a su prometida por ninguna parte. Fue corriendo hasta Tebas, a ver si la encontraba descansando allá. Cuando le contó a su madre todo lo que había sucedido, su madre le explicó que Antígona nunca se había comprometido con él, sino con la muerte. La perturbación de Eurídice, al comprender que, a diferencia de ella, Antígona sí había sido correspondida enteramente por la muerte, la llevó al suicidio, lanzándose por la ventana. Hemón no soportó la pérdida de su madre y de su prometida el mismo día y optó por ahorcarse. El pobre Creonte creyó que tantas muertes eran responsabilidad suya, de su edicto y de sus tiránicas formas de gobernar y optó por envenenarse. Ninguno de ellos sabía que habían sido invitados a las bodas de Antígona con la muerte: fueron unas bodas famosas y espléndidas. Estaban Edipo, Yocasta, Layo, Creonte, Polinices, Eteocles, Hemón, Eurídice reunidos gratamente, como sólo podían estarlo en el más allá. Alguien preguntó por Ismene, pero luego se supo que sus relaciones con Antígona nunca fueron buenas y ella prefirió no invitarla. Y cuando Hades le preguntó abiertamente por su hermana, Antígona respondió todavía con cierto dejo de humanidad en la voz: “Esa es una envidiosa”.

AUTOR: Juan Pablo Gómez

.:: Respuestas de una mujer eternA ::.

Escultura: Gian Lorenzo Bernini --Rapto de Proserpina--1622

Es horrible, terriblemente invasivo,
el poder de las conversaciones que
no hemos tenido.
La magnificencia de tu mirada se hace
toxica cuando intento inferir lo que piensas.
Yo me intoxico queriendo saber,
comienzo a perder la capacidad para respirar
¿cómo pretendes que hable?
Como Penélope me he sentado en esta banca,
a esperar evadiendo cualquier evidente conexión
con lo cotidiano; ignorando lo que podría ocurrir,
deseando admitir una realidad que se va quitando pedazos
y se descuartiza a sí misma.
Mi realidad se asesina todos los días.
Voy con calma, tejiendo pensamientos para renacer
al menos en lo oscuro de la noche.
No espero tu regreso porque soy miserable,
nunca has llegado.
A ti me ata una pulsión indiferente, avergonzada,
Intermitente. Lo que a ti me lleva se llama ideal;
Ilusión, aparente. Peor! Corriente. Y no en la
bóveda celeste como un simple hombre segado
por la hoz del existir, sino; como quien fluye ya,
por mi alma regularmente.
Me pierdo en una canción,
intento salir de la cueva… Y de la red.
El mar me ha poseído ya muchas veces.

lunes, 16 de febrero de 2009

.::Bajo el Suelo, Bajo el mismo Cielo ::.

Fotografía: Cortesía Imageshack --Atardecer en Caracas--



La canción que me provoca ir escuchando no está al alcance, ojalá supiera yo al menos dónde comprar el disco compacto, no se consigue. Estoy acá en este extraño balcón, digo extraño porque hay uno bajo este pero más salido, así que vivo la ambigüedad de que este palco no sea salido sino metido en cambio, en fin vale la pena estar acá, es impresionante la fuerza que tienen los coros de niños, bajo esta galería desfilan perfectamente despreocupados alrededor de doscientos niños y la energía de sus cantos me hace sentir de un demoníaca... porque sé que esa energía que llevan, esa alegría que nadie sabe de dónde proviene, que parece mucho ser un brillo divino, eso que hace que a casi todo ser humano le gusten los niños, siento haberlo perdido.

Mi ciudad no es exactamente hermosa, pero entiendo sus códigos. Las luces de las autopistas se pierden y se escucha un rumor que me pide recorrerla, ser libre, tomar una foto cada vez que pueda desde las casas rotas hasta los rostros de las personas que llenan de ruido los vagones del metro, quiero grabar sus intrínsecas discusiones y robarles un pedazo de su conversación, las lágrimas recién secadas de la chica, el gesto adusto de la lesbiana, el hueso de la columna de la chica flaca, el blanco perfecto del cabello de la anciana, las brutalidades del obrero que no por ser obrero insulta, la pulcritud del empleado, la jovialidad del estudiante y sobretodo la escasa escena donde el marido mira a la mujer y se siente la llama que los une. Jajaja! ¡Que risa! Ni yo ni ellos sabemos cuanto durará pero nadie lo olvidará jamás.

Voy por ahí vagabundeando, medito en los centros comerciales, no sobre que voy a comprar sino sobre todo lo demás, me doy cuenta que uno se busca de vez en cuando al amigo más bruto, o quizá al que es sencillamente vulgar para poder darse cuenta uno de donde está parado mentalmente.

Pero cambié por el humo de los autos, por la corneta incesante y me fotografío de acá para allá. Siento que me observan y es verdad alguien debe estarlo haciendo, yo paso todo el día y no sé cómo maravillosamente se mueven mis piernas y mi corazón late fuertemente, mi piel suda, quiero seguir yendo de acá para allá y a la vez quiero descansar pero en el rincón callado donde una vez creí que el amor existía, contrario a lo que pienso ahora; el amor está en la amígdala y eso lo arrancan a través de una delicada neurocirugía y se acaban los pesares. Se siente en el estómago y una vez que se come, siempre y cuando se trate de no pensar demasiado, la satisfacción llega y se liberan las angustias prudentemente por una media horita, lo mismo con el sexo, lo mismo con la amiga que te escucha o el amigo que aconseja. Si yo no la tuviese dejaría de preguntarme mientras veo a todos estos, quiénes son, pararía de cuestionar lo incuestionable, asumiría tu ausencia, e incluso lo que hoy llamé tu muerte. No vendrían a mi mente todas las estupideces que hicimos en esta ciudad, ni las largas distancias que recorrimos juntos, ahora atravieso esta ciudad sola
Aunque nos morimos para el otro acá esta nuestra obra, la compartiremos secretamente eso lo sé, es lo único que queda.

.:: El Empleado ::.

Fotografía: BioPuritas. Photobucket



Cs, 12 de Junio de 2006.

Aula 3-2. Contabilidad 1.
El profesor, el profesor siempre es el profesor, la gente suele olvidar su nombre y se convierte éste, en el profesor. Juan Sebastián Santander, el profesor de la clase, mientras explicaba el uso de los distintos tipos de cuenta, caja, bancos, efectos por cobrar mercancía en inventario, mercancía en tránsito, producto en proceso, suministro, cuentas por pagar; se detiene a mirar la punta del marcador con el que anota en pizarra las cosas que para el son absolutamente notorias, evidentes, y las repite, y las repite otra vez y sin son ni ton. Con el típico gesto de quien maquina, cerró sus ojos sólo un poco y preguntó: ¿Alguien sabe cuál es la noticia del día? (…) La mitad de la clase no sabía del suceso del día: Secuestradores habían matado a una joven de un tiro en la nuca, la policía local la encontró enterrada a orillas de una carretera diez días después de que su padre, un coronel del ejercito, cancelara un monto de quinientos millones de bolívares.


Inevitablemente esto opacaría terriblemente la explicatoria del balance general, léanse de la página 39 a la 49 para el día miércoles. Investiguen señores…
¡Aprendan!

Pasillo.
8:45 p.m.
Estos escalones son los escalones más cortos de la ciudad, es un problema cruzar la calle.

8:50
Mall. (Limpiando el piso)

- Señor… ¡disculpe! (letal manía femenina).
¿Es ese el ascensor que debo tomar para llegar al piso de la farmacia?
- Seh…
- ¡Gracias!
- Pero la farmacia ya cerró mija.
- Ah… ya veo... ¿no sabe usted de alguna farmacia cercana?
- Noh.
- ¡Gracias!

9:00 p.m.
Autobús.

Capítulo VI Nueva fantasía de un desocupado.
Plac! -Sonó el libro al cerrase-
En la…
¡Plas!, En plena ciudad de la furia una señora da una palmada para detener el autobús y sale otra a continuación:
¡Mayor glamour!


¿Tú crees que esto es San Cristóbal? Habráse visto…

La señora de la palmada y yo nos bajamos del autobús en la misma parada, la señora no me importó más y el suceso lo olvidé en los segundos que me tomó cruzar la calle,
Un hombre se me queda mirando, pero lo olvidé apenas estaba en la puerta de la farmacia.

Pasillo uno. No, hoy no voy a comprar maquillajes ni toallas sanitarias, pasillo siete,
Cada mililitro (20 gotas aprox.) contiene:
Dextrometorfano HBr……………………………4mg.
Ciclamato de Sodio………………………………20mg.
Vehículo Hidroglicérico c.s.p……………………1ml.

Indicaciones: Calmante de la tos
2 a 3 gotas por kilogramo de peso.

¿Chocolate? ¡Qué importa!

¡Siguiente!

Después de todos estos sucesos ridículos de una noche cualquiera, ahí estaba el empleado, es como una mancha y nunca se borra. Su nombre siempre esta visible, ya nos hemos visto tantas veces que podría bien llamarlo yo por su nombre.

- ¿Cuchara para el helado?
- Sí.
Esa fue mi amplia respuesta, estaba ahí parada frente a él, sin poder levantar la mirada, soy muy respetuosa, alguien me dijo que los elefantes no se escapan de adultos por haberse acostumbrado al cautiverio de pequeños, entonces luego no hacen el menor esfuerzo por safarse de la cuerda asida a un palo que clavan con la mano en suave tierra, tal cual actuaban mis ojos, no podían levantarse acostumbrados a que no deben, yo sabía que la transacción sería muy corta.

21:17:29’’. (Tardé 17 minutos en buscar un buen jarabe para la tos)
- Son 10.675.
- Tenga.
Me hubiese gustado sacar de la nada un café francés con un garçon incorporado que nos preguntase cómo tomaríamos nuestro capuchino, y empezar a saber en ese momento que había más allá del visible nombre. Por supuesto habían un par de ojos claros, unas manos, la mirada que quiere decir algo más, creo que él constantemente espera por un reclamo o algo así que le permita interactuar con la gente o por qué no, conmigo, igual no tuve fuerza para alzar la mirada.
(La luna llena sobre París…)
-Gracias por su compra que tenga buenas noches.

Mi sonrisa se vio muy forzada, no se siquiera si llegó a dibujarse, me hubiese sentido muy culpable si hubiese sido así, pero ya lo había olvidado al cruzar la calle, cuando recordé la misma pregunta:



Recordé que también había comprado un helado, tenía algo de hambre, sólo luego de desatar el nudo de la bolsa que noté que tenía la banda de seguridad sólo en una de sus orejas.


- ¿Cuchara para el helado?

Luego de recordar la pregunta del empleado, traté a ciegas de alcanzar la mencionada cuchara, me di cuenta de que habían dos, ahí fue donde comenzó el diálogo interno:

¿Dos cucharas? ¿Qué es esto? -Casi con indignación por una parte, pero casi complacida por otra-, era el simbolismo universal.
- Veamos cada cuantas personas este empleado ofrecerá una simple cuchara, cada una o dos,
- Con todo el tiempo que tengo viéndolo ahí no deben surgir ese tipo de equivocaciones…

Supe que sólo mucho tiempo me daría la respuesta acerca de esto, este empleado, este señor que viste toda su gracia ahí paradote, ¿se ha percatado de mi existencia de alguna u otra manera? Resumí que era una precaución plana, se le dan dos cucharas al cliente porque son de mala calidad, una de las cucharas se puede romper, no más. Sólo es alguien que hace su trabajo.
A mitad del camino ya esperaba con ansias el dulce que se esconde al final de estos helados ahí, desesperadamente tratando de sacarlo,
¡Crack!
Se rompió la cuchara y pude tomar la otra que estaba en el fondo de la bolsa.